Quíos, la isla griega donde naufragan los sueños de los refugiados

Refugiado en Quios

Refugiado tomando sol cerca del campamento de Souda en la isla de Quíos.

La isla de Quíos en Grecia recibe casi a diario decenas de refugiados que intentan entrar por mar a tierras europeas. Allí viven más de 3000 refugiados esperando que las autoridades les den una respuesta a su estatus, algo que demora meses. Más de la mitad de ellos no acceden a los servicios básicos que tratan de brindar varias ONG ante la negligencia del gobierno griego y la falta de voluntad por parte de la Unión Europea.

La primavera recién comienza y los días soleados empiezan a dar tardes cálidas en la isla griega de Quíos. Hamet no deja pasar la oportunidad y se zambulle en calzoncillos a las aguas de Egeo para divertirse un rato, pero el agua está fría y con la ayuda de su amigo que está pescando se trepa al muelle a los pocos segundos de haber entrado al mar. “Cold”, me dice mientras tiembla y espera que el sol le devuelva el calor al cuerpo.

En el horizonte se ven con claridad los molinos de energía eólica del balneario vecino de Çeşme en la costa Turca, a solo 15 kilómetros. Para un ciudadano que pueda hacerlo legalmente, el ticket de un lado a otro del Egeo cuesta 15€ y es un viaje relativamente sencillo, seguro, de poco menos de media hora. Pero quienes no lo pueden hacer bajo la ley, pagan cientos y hasta miles de euros a traficantes para hacerlo de manera ilegal, en general por la noche, si es que las aguas están tranquilas.

El mar en el que se baña Hamet es el que une, y a la vez separa, a Grecia de Turquía. Es el mar que vio morir al niño Alan Kurdi algunos kilómetros más al sur. Es el mar que todavía ve pasar migrantes a diario que arriesgan su vida por entrar a Europa. Y es el mar que encierra a miles de migrantes en Quíos y en otras islas griegas. Migrantes que no tienen autorizado ingresar al continente pero que tampoco pueden volver a Turquía, trabajar o ir a la escuela. Lo único que pueden hacer es jugar en el mar.

Por la ciudad se pueden ver decenas de refugiados como almas en pena por las calles, sin nada que hacer más que charlar entre ellos, hablar con sus familiares por teléfono, jugar al fútbol y poca cosa más. Una vez que llegan, los refugiados pasan por un proceso burocrático que los encierra en la isla y que puede durar, y normalmente dura, meses. Son “solicitantes de asilo con restricción geográfica”, según la ley. Una denominación legal que justifica la supresión de muchas de sus libertades como individuos.

Carteles Quíos

La isla de Quíos está a 15 km de la costa turca y es una de las islas que más refugiados recibe.

“Si abandona la isla irregularmente mientras tiene restricción geográfica, podrá ser detenido por las autoridades griegas en el continente y ser devuelto a la isla”, advierten las carteleras que explican el procedimiento. Son del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) están en inglés, francés, árabe y persa. Dicen de manera poco detallada, pero de manera extensa y sin especificar tiempos, el proceso que deben pasar los solicitantes de asilo que estén en la isla. Quien no asista a la entrevista con las autoridades, aclaran, pierde el derecho a solicitar asilo. Lo que no aclara es que, en realidad, no existen alternativas y las personas que hayan llegado están obligadas a pedir asilo, quieran ingresar a Europa, volver a Turquía o a cualquier otro país.

“Yo quiero volver a Turquía”, me dice un sirio de 20 años que llegó a la isla hace tres meses y ni siquiera tuvo la primera entrevista con las autoridades. En Estambul, donde vivió cuatro años tenía trabajo estable, hogar y amigos, y el fluido turco con el que habla es testimonio de ellos. “Mis amigos me dicen que solo un animal puede hacer lo que yo hice. Y tienen razón, soy un animal”. Su familia aun vive en Siria, pero decidió ir a Estambul primero y Europa después por su novia, que vive en Alemania y que lo dejó mientras estaba en Quíos. “Ahora no tengo ni casa, ni trabajo, ni plata ni amor. Quiero volver a Estambul y ni siquiera puedo”, me cuenta mientras se ríe de su estupidez. “Antes estaba en un hotel como vos, pero un día la plata se me terminó y tuve que ir al campo de refugiados”, me explica.

Publicación Quios

“Pensamos que atrás de este mar había una hermosa vida llena de felicidad. No sabíamos que es lo peor en Siria”, dice publicación en Facebook realizada por un refugiado en Quíos.

La isla, para los refugiados, es como una prisión de la que no pueden escapar. Es la condena que tienen que pasar quienes quieren vivir en Europa. Los controles para salir de Quíos son tan estrictos como los que hay en las fronteras: control de identidad y de equipaje, con militares y perros policías. “Es un control de rutina”, me explican los policías de frontera cada vez que me río cuando empiezan a hacer preguntas absurdas antes de abordar el ferry en Quíos y en Samos, otra isla cercana a la que también llegan refugiados pero con menos frecuencia.

Según los datos oficiales del gobierno heleno, el 11 de abril en la isla de Quíos había un total de 3.581 migrantes, con el triste récord de ser el lugar de todo el país que tiene más personas por fuera de sus capacidades. Son solo 1.300 los lugares disponibles. Es decir, casi dos tercios de los refugiados viven desamparados por las autoridades, sin techo ni comida, y así se lo hacen saber cuando comienzan el proceso burocrático cuando llegan de Turquía. Quienes son ingresados van al campamento de Vial, quienes no, les toca conseguir un lugar por sus propios medios, ya sea pagándose el alojamiento o instalándose en el campamento informal de Souda.

Vial, el campo oficial
Campamento de refugiados Vial

Entrada al campo de refugiados Vial, administrado por los militares griegos.

El campamento oficial de Vial queda alejado de la ciudad y es administrado por los militares griegos. En la entrada del lugar hay un cartel de obra pública en griego que dice el monto invertido: 6 millones de euros. Quienes figuran como financiadores no son el Ministerio de Vivienda griego ni una organización de derechos humanos. Quien aparece como creador del centro es el Comité de Seguridad de la Unión Europea. Y eso, un dato que pareciera anecdótico, es ilustrativo de lo que sucede dentro.

Llegué al lugar porque me sugirió uno de los voluntarios que trabaja con los refugiados para que vaya a ver cómo es el lugar. Me subí al servicio de bus que instaló ACNUR para que los refugiados se pudieran mover entre los dos campos que tiene la isla, que también los conecta con la ciudad. Llegar sin un vehículo hasta ahí sería imposible. El transporte en la isla es escaso y malo, y tampoco pasa por Vial. “La única manera de salir de este campo horrible [Vial] es con este pequeño bus, donde hay que pelear y empujar para entrar”, dice un blog creado por refugiados, Chios Voices.

En la entrada de Vial no hay mucho. Una garita con un policía, un portón abierto con un cartel de STOP y una cartelera. Cuando el bus se detuvo y llegué al lugar, ante la falta de alguien con quien hablar, seguí caminando hacia adentro, hasta donde estaba el “info point”, según las indicaciones. De a poco empezaron a aparecer refugiados, jugando a la pelota, charlando, fumando, bromeando, peleando. Mi presencia no parecía llamar la atención de nadie.

Cuando llegué a donde había personas, ví como en el “info point” se agrupaban un montón de refugiados para hacer trámites. Los funcionarios, ubicados tras una valla, hablaban como podían con las personas para pedirles los papeles necesarios. Entre ellos no había traductor y los refugiados se ayudaban para entender en su idioma lo que le decían los burócratas de turno en inglés. Que faltan papeles, que falta gente, que vos ya viniste, que no te encontramos en los archivos. Las excusas para no ayudar sobraban, y las personas que se acercaban no lo hacían cumpliendo un protocolo, sino como quien prueba suerte, yendo una y otra vez. La relación entre los funcionarios y los refugiados era tan morbósamente burocrática que hasta se tomaban el pelo entre ellos, como si aquello fuera un juego.

Alambres de púa Vial

Una valla con alambre de púas cerca el campamento de Vial. En la foto también se pueden ver los containers donados por Hellenic Petroleum donde se encuentran algunos de los baños del lugar.

Después de estar 45 minutos en el info point, esperando que los funcionarios atiendan a los refugiados, llegó mi turno. Me presenté y dije que quería ver si podía hablar con alguien de la organización para tener su testimonio. La funcionaria me dijo que ellos no estaban autorizados a hablar, y que en general nadie lo hacía pero me llevó a un portón a unos escasos 20 metros del info point para hablar con los encargados para ver si ellos “podían hacer algo”. Los promitentes ayudantes eran militares que charlaban y tomaban café a la entrada. Cuando les dieron la noticia en griego, su relajada calma se rompió.

Cuatro militares se acercaron y me cerraron el portón en la cara. “Al menos no soy el único al que la burocracia le cierra las puertas”, pensé. Me preguntaron qué quería, y luego vinieron con un señor que no se presentó, como el resto, y que me dijo que ellos no podían hablar pero que me iban a dar un mail para que me comunique. Mientras que iba a buscar el mail, me pidieron mi documento de identidad y comenzaron a hacer un montón de preguntas. Las mismas que ellos no quisieron responder. Al lado mío, una joven refugiada me dijo algo en un idioma que no comprendí pero que parecía hablar de la poca voluntad de los oficiales para ayudar. Diez días después, el mail que mandé a la dirección que me dieron sigue esperando respuesta.

En ese mismo lugar que me recibieron los militares, el día anterior un joven se roció con gasolina y se prendió fuego a sí mismo para protestar por las condiciones en las que viven las personas que están en Vial. Murió pocos días después. Algunos meses antes, también, varias personas hicieron huelga de hambre para reclamar mejores condiciones. “Empezó como un centro administrativo pero se ha transformado en un centro de detención”, dice a través de Facebook un voluntario que entró encubierto al lugar, acompañado por un refugiado nigeriano para ver las condiciones en las que viven las personas allí, algo que las autoridades no han autorizado a hacer.

Según esta persona que se hace llamar Bev, eso se parece a una prisión. El sitio donde viven los refugiados son containers donados por empresas -así lo hacen saber algunos de ellos que lucen los logos de las empresas donantes-, y tienen asignado un número por el que identifican a los refugiados. En el que pudo acceder Bev, vivían diez personas distribuidas en cinco cuchetas. No es necesario ingresar para ver las ropas colgando en cada bloque como si fuera un cantegril.

Pero los problemas en Vial no solo son de infraestructura, sino también de convivencia. Como los sirios tienen prioridad como refugiados para conseguir asilo, muchas veces se generan enfrentamientos entre sirios y grupos de otros orígenes. Los golpes y las peleas también son de cosa en todos los días. Mientras esperan a ser atendidos por los trabajadores del “info point”, un refugiado le señala las muchas cicatrices horizontales que tiene en el brazo otro de los refugiados y mueve la cabeza como lamentándose. Pero él no es el único, en muchos de ellos también se pueden apreciar cortes, yesos o alguna otra lastimadura en las manos y los brazos.

La comida que le dan a los refugiados en Vial es tan escasa y fea que muchas veces las tiran a la basura, según el testimonio de Bev. Incluso denuncia que antes ni siquiera se le daba una ración de comida necesaria a los bebés, una situación que cambió luego de la huelga de hambre que se realizó en noviembre. Junto a su publicación una persona adjunta el “menú diario” y fotos que lo prueban: un croissant con jugo de desayuno, espaguetis, arroz o papas -que a veces están tan crudas que no se dejan comer, aclara- con un pan como almuerzo y como cena. La alimentación en Vial es tan mala que muchos de los refugiados van al otro campo de refugiados, el campo informal de Souda, porque allí las organizaciones no gubernamentales le dan mejores alimentos que el propio gobierno.

El campo de Souda
Campamento de Souda

En el campamento informal de Souda es donde vive la mayoría de los refugiados en la isla de Quíos.

“¿No te pasa que a veces pensás demasiado?”, me pregunta Henrik, un alemán que fue a hacer voluntariado con una ONG Noruega por unos días para ayudar en el campo informal de Souda. La pregunta, muy general pero que interpela, llega después de su primera junto a los refugiados, en el sillón de la casa donde se está alojando y que nos encuentra en una inquietante paz.

En Souda viven los cerca de 2.000 refugiados que no tienen un lugar donde quedarse en la isla. El campo está ubicado fuera de las murallas del antiguo castillo de la ciudad, en el parque lineal que lo rodea y que permite esconder visualmente a los refugiados a pesar de estar cerca del centro. Allí trabajan varias organizaciones pero las autoridades observan con una prudente negligencia lo que sucede, ya que es un asentamiento por fuera de la ley que ellos mismos forzaron a crear.

A cincuenta metros de uno de los ingresos hay de manera permanente un patrullero de policía cuidando la zona. En este campo también ha habido enfrentamientos entre diferentes grupos de refugiados, pero una de las principales preocupaciones de seguridad no es lo que los refugiados puedan llegar a hacer, sino los eventuales ataques de grupos conservadores y nacionalistas griegos que se puedan llegar a dar. En el pasado ha habido incidentes en Souda y algunas ONG denunciaron que “grupos fascistas” estuvieron detrás de ellos para generar caos y terror en los refugiados.

Refugio de Souda

Las carpas de Souda lucen el logo de ACNUR. Al fondo, se pueden ver algunos de los iglús hechos por refugiados junto a la playa.

A lo largo del refugio se encuentran varias carpas de techo a dos aguas, hechas con lona y varillas. Fuera del campamento, sobre una pequeña playa, hay decenas de carpas tipo iglú que alojan a otros cientos de refugiados que no tienen lugar ni en Vial ni en Souda propiamente dicho, y tienen que acomodarse en el poco espacio que queda en la playa.

Desde la calle que corre en paralelo a donde se encuentra este asentamiento, hay entradas que permiten ver la magnitud del camping desde la altura. Cuando me acerco a una, un vecino que caminaba por ahí también lo hace y se pone a curiosear y mira, al igual que yo, la extensión del camping, los niños jugando, las mujeres yendo y viniendo, los voluntarios trabajando. “Yo no tengo problemas con ellos, pero a los griegos siempre nos gusta dar un poco más. ¿A esta gente qué les podemos dar, si no hay ni para comer?”, me dice él, Georgios, cuando le pregunto por los refugiados.

Con una crisis económica que ya parece crónica, para los locales los refugiados pasan a ser un número. Los griegos ven pasar recursos en servicios, personal, y defensa para una causa que les es ajena y que asumen como parte de la culpa de la crisis económica. “Al principio los recibieron de buena manera, pero día a día, mes a mes, de a poco los locales fueron cambiando de opinión y hoy la imagen es completamente negativa”, dice Kostas Tanainis, uno de los pocos locales que colabora a diario con los refugiados, sobre sus compatriotas. La culpa, opina él, es del gobierno que ha sido el responsable de muchos de los problemas que se han generado, pero para los vecinos es más fácil echarle la culpa a los refugiados.

El acuerdo con Turquía
Acuerdo UE-Turquía

Graffiti en la entrada del campo de refugiados Vial que dice “Estoy aquí. 20-3-2016 ¡¿Por qué?!”, la fecha en que entró en vigencia el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía.

El 20 de marzo de 2016 la Unión Europea firmó un acuerdo con Turquía para que este país se haga cargo de los refugiados no sirios que lleguen por mar, a cambio de 6 mil millones de euros. Los refugiados sirios que lleguen, según este acuerdo, son repartidos a medias entre Turquía y los países miembros. Varias organizaciones han denunciado a este acuerdo como una excusa para hacer deportaciones masivas de refugiados. Amnistía Internacional ha dicho que “se trata de un acuerdo no solo ilegal, sino también inadmisible”, ya que da por supuesto que Turquía es un lugar seguro para los refugiados cuando no lo es para muchos de ellos.

Desde que se aprobó el acuerdo, sin embargo, el número de personas que ha intentado ingresar a Europa ilegalmente a través del mar Egeo ha descendido drásticamente. De los 857 mil arribos a costas griegas en 2015 se pasaron a 177 mil en 2016, un 79% menos. Y el número de muertos intentando hacer la travesía también descendió en proporción: de 1.145 en el año anterior al pacto se pasó a 80 en el año posterior. Pero los migrantes siguen cruzando, porque las guerras y la violencia en África y Medio Oriente continúan.

Lo que las cifran no muestran es que con este pacto también se criminalizó en los hechos a los refugiados. En el pasado, los refugiados eran legalmente refugiados, y era obligatorio recibirlos. Con la firma del pacto, los refugiados pasaron a ser personas con posibilidades de ser deportada, por lo que el campo de refugiados de Vial se convirtió en un centro de detención de donde las personas no podían salir. Con el tiempo, las huelgas y las presiones, los refugiados recuperaron algunas de sus libertades, pero en términos generales siguen teniendo el mismo estatus legal.

“¿Por qué creés vos que la Unión Europea hace esto?”, me pregunta Nicholas Millet, coordinador de la ONG Be Aware and Share que trabaja en la isla, cuando apago el grabador luego de entrevistarlo. La pregunta, que busca encontrar una respuesta coherente, es la misma que le hice a él minutos antes, y que no puede terminar de responder. “Europa tiene mucha más capacidad de tomar refugiados que lo que está haciendo ahora. Tiene la capacidad de hacer el proceso de relocalización e integración de refugiados más rápido que como lo ha venido haciendo. Y tiene la capacidad de no implementar legislaciones estúpidas como el acuerdo con Turquía, pero también de acabar con la detención de menores y la detención en general de personas que no han cometido ningún otro crimen que huir de una guerra”, dice, indignado.

Refugio Souda Quíos

El campamento de Souda bajo la muralla del antiguo castillo de Quíos.

“La Unión Europea es como un club privado, que una vez que estás adentro te olvidas del resto y te olvidás de cuando vos también estabas afuera haciendo cola para entrar”, dice mientras trata de buscar los motivos por los que su continente fuerza a los migrantes a arriesgar su vida y los criminaliza. A algunos pocos metros del café donde estamos, sobre la bahía de Quíos, hay anclado un barco de los guardacostas rumanos. En mar griego también se pueden ver embarcaciones de otros países europeos cuidando las fronteras.

Del otro lado del mar, en Turquía, hay elecciones para reformar la constitución y cambiar el gobierno a un sistema presidencialista que le daría más poderes a Erdogan. Si eso sucede, es casi un hecho que la Unión Europea daría por terminadas las negociaciones para el ingreso de Turquía. Con el verano acercándose, se espera que los arribos de refugiados a costas griegas aumenten. Y si las negociaciones con Turquía se rompen y el gobierno de Erdogan abre el paso para que los refugiados crucen con facilidad a Grecia, como ya ha amenazado con hacer, se espera que la cantidad de refugiados aumente drásticamente. “Creo que para el verano la situación va a ser realmente caótica. Y van a encontrar una manera, tal vez por las malas, de cerrar la frontera, pero eso no creo que solucione el problema. Lamento decirlo pero lo que creo es que van a cerrar la frontera, que van a devolver a las personas y las van a aterrorizar”, dice Kostas, que no ve un futuro auspicioso para Quíos.

El refugio culinario
Chios People's Kitchen

Refugiando preparando la presentación de los platos la noche en que celebraron la finalización del curso de cocina en la Cocina del Pueblo de Quíos.

En la isla de Quíos funcionan varias ONG cuya objetivo es amortiguar las carencias que ni el gobierno griego ni la Unión Europea ni las Naciones Unidas pudieron solucionar. Muchas de ellas incluso trabajan en conjunto y los voluntarios están en una u otra dependiendo de las tareas. Trabajan no solo para recibir a los refugiados, sino que también los orientan a la hora de solicitar asilo, les preparan comida, le consiguen ropa, les enseñan lenguas, educan a los más pequeños e incluso dan cursos cortos para que los adultos aprendan algún oficio.

Una de esas organizaciones es Chios People’s Kitchen (La Cocina del Pueblo de Quíos), que es administrada por Kostas Tanainis, un griego veterano que hace la temporada en verano con un restorán y el resto del año se dedica a colaborar como puede con los refugiados. Al principio comenzó simplemente dando sopa a los cientos de refugiados que llegaban a la isla, pero de a poco la idea fue creciendo y tomando otras formas para adaptarse a las cambiantes necesidades de los refugiados y a los recursos, humanos y materiales, que tienen a disposición.

“Empezamos con la cocina en 2015, en diciembre, porque por aquel entonces llegaba mucha gente. Recibíamos entre 800 y 1000 personas por día pero no había nada de la Naciones Unidas ni de ninguna otra organización. Así que la gente tenía problemas con la comida”, cuenta Kostas. La cocina empezó a preparar comida para los refugiados, consiguió un espacio físico donde instalarse y se unió a otras ONG que también comenzaban a trabajar en la isla.

Cartel Souda

Cartel en inglés, en árabe y en persa que indica la dirección de uno de los campos de refugiados.

Kostas habla de “nosotros” todo el tiempo pero el único que ha permanecido desde el inicio es él. A pocos meses de haber nacido, la cocina pasó a ser una cocina de comida vegana, ya que un grupo internacional de veganos, principalmente de Corea, comenzaron a participar activamente del proyecto. En enero de 2017 ya no quedaban voluntarios de este grupo que ayudó a hacer crecer el proyecto y la cocina ya no se encarga de proveer alimentos a los refugiados. Pero quedó Kostas, la donación de organizaciones norteamericanas que financian los gastos de mantenimiento, y las ganas de refugiados que aprendieron a cocinar allí y se unieron al proyecto como voluntarios.

Hoy en día la cocina se ha convertido en un centro social donde los refugiados van a aprender a cocinar, a charlar o simplemente a usar internet. “Lo que tratamos es que los refugiados recuerden su paso por la isla como un momento en que, al menos, aprendieron algo y puedan usar ese conocimiento para ganarse la vida en el futuro”, dice en referencia al curso que brindan junto a otra ONG para los refugiados que estén interesados.

Apoyado en la puerta de la cocina está Mike, un suizo que me habla con la mirada perdida en el mar y que se disculpa una y otra vez por su mal inglés cuando le hago preguntas. Con su cara que evidencia unos 40 años pero su look juvenil, me cuenta que él estudió para ser chef en Suiza, que además es músico y que usa un poco todo eso para ayudar como puede con los refugiados. A pesar de que él es voluntario de otra organización, es el profesor que le da clase a los refugiados para que aprendan el oficio de chef.

“Los más delicados son lo jóvenes, que llegan solos y que no son niños pero tampoco son adultos”, me dice. Esas son las personas que generalmente presentan más problemas a nivel personal y a nivel material, ya que son los últimos en ser considerados para recibir la autorización de asilo: hombres que se adentran en la aventura de cruzar el mar para huir de la guerra, conseguir un futuro económico próspero para luego poder ingresar a su familia a tierras europeas.

La escuela de Europa
Refugee Education Chios

Refugiado le muestra fotos de su celular a una voluntaria junto al horno de pan del centro juvenil creado por la ONG Be Aware and Share.

Be Aware and Share es el nombre de la ONG que tiene en la ciudad Quíos dos centros educativos: uno para niños de menos de quince años que funciona como una escuela, y un centro juvenil para los refugiados de entre quince y veinte años, en donde enseñan lenguas y llevan adelante proyectos en conjunto con los refugiados y con la comunidad de Quíos para fomentar la integración.

Por día acuden alrededor de cien personas entre los dos locales, y por semana son 220 las personas que asisten. Lo normal es que las personas estén alrededor de tres meses en estos centros, entre que llegan y abandonan la isla. En la escuela los más pequeños tienen clases como si fuera una escuela normal. “Enseñamos inglés pero nos enfocamos en otras tareas, como las capacidades sociales, las capacidades motoras, matemáticas, la confianza, y aprender a estar en un contexto educativo para que cuando vayan a una escuela ya estén acostumbrados”, comenta Nicholas Millet con acento británico, uno de los tres coordinadores que trabaja en esta ONG.

La idea surgió como una “respuesta educativa de emergencia”, según sus creadores, pero hoy lo nuevo y cuidado de sus instalaciones contrasta con la realidad de los campos de refugiados. “Las autoridades griegas han fallado en integrar a estos niños a las escuelas públicas como establece la ley y por eso desarrollamos durante nueve meses la idea de tener una escuela, un liceo y un curso de cocina que integra a personas de entre 6 y 22 años de edad”, dice el londinense que vive en Quíos hace más de un año y que también fue voluntario en la “jungla” de refugiados en Calais, Francia.

En el edificio del centro para jóvenes, los refugiados que tomaron el curso de cocina preparan la mesa para los invitados en su fiesta de graduación: humus, baklava, tortas, pasteles, panes, batidos, jugos y diferentes platos típicos de sus países que aprendieron a preparar con Mike. A pesar de que están entre amigos, los egresados están uniformados y trabajan con una seriedad y profesionalismo que no parecen encajar con la realidad cotidiana en la que viven. Entre los asistentes hay voluntarios, refugiados y locales.

“Yo soy de Bélgica”, me dice una joven de no más de 16 años que estaba charlando con otros refugiados. “¿Ah, sí? Entonces hablás francés”, le respondí, como poniéndola a prueba. Se rió y me dijo: “No, mentira. Soy de Siria, no hablo francés”. A pesar de eso, el inglés que aprendió en estos tres meses en el centro juvenil fue suficiente para entablar una conversación. Lo mismo sucede con otros refugiados que van al centro y que asistieron esa noche.

Mohaad, un sirio de 17 años me hace un recorrido por el edifico y me muestra algunos de los proyectos que han realizado. En las paredes del aula hay un montón de fotos y dibujos. También hay una pizarra y computadoras que los refugiados pueden utilizar cuando las clases son libres. “El enfoque del centro juvenil está más dedicado a lo que ellos quieran hacer. Es más abierto. Hemos hecho cursos de fotografía, de periodismo, de cómo enseñar su propia lengua a otras personas, y tenemos el curso de cocina. Pero también tenemos juegos, vamos al gimnasio, organizamos partidos de basketball y de fútbol, y hacemos excursiones por la isla”, explica Nicholas Millet de la ONG que lo gestiona.

Voluntarios y voluntades
Policía de Frontera Rumania

Barco de la Policía de Frontera de Rumania en la bahía de Quíos.

Los centros funcionan con el trabajo de entre 25 y 30 voluntarios de diferentes partes del mundo, y están financiados por fondos gubernamentales de la Unión Europea y donaciones privadas de diferentes partes del mundo, asegura Millet. Las respuestas que da este coordinador sobre la escuela son precisas y se toma su tiempo para responderlas. Pero hay una pregunta que rompe con su calma y que le hace olvidar el cansancio de haber trabajado nueve once de corrido para los refugiados.

“¿No es contradictorio que la Unión Europea y las Naciones Unidas financien su proyecto?”, le pregunto. “Las Naciones Unidas y la Unión Europea nos están financiando y a la vez son los que causan todo este lío. Es ridículo. Es una contradicción enorme. Mientras un organismo de la Unión Europea crea esta situación, otra está encargada de que esto no suceda. Es un desperdicio de dinero. No crees este lio en primer lugar”, me responde.

La indignación e impotencia de que muestra Nicholas Millet es la misma que lo llevó a ser voluntario luego de ver lo que sucedía en la isla. “Vine en febrero del año pasado para ver cuál era la situación y vi que precisaban gente para recibir a los refugiados”, dice recordando sus primeros días en Quíos mientras trata de explicar por qué dejó su trabajo como consultor de negocios en Londres para ir a ayudar a los refugiados. “Si ves a alguien ahogándose, vas a ayudarlo. Y ese era el caso el año pasado. Teníamos que ayudar a las personas. Es una responsabilidad que tenemos como seres humanos. Podemos ser nosotros un día. Podemos ser nosotros”, dice. Y reitera, una tercera vez, como si viera el futuro con claridad: “La historia se repite, y podemos ser nosotros”.

Ni Nicholas Millet, ni Kostas Tanainis ni Mike saben, a ciencia cierta, cuándo acabará el problema de los refugiados en Quíos. “Somos activistas políticos tanto como humanitarios, porque estamos luchando con la injusticia. Estamos luchando. Todos los días. Educando niños frente a un gobierno que es indiferente”, dice Millet. “No puedo dar una respuesta de cuánto tiempo voy a estar ayudando”, dice Kostas en la puerta de su cocina cuando le pregunto cuánto más piensa seguir con la Cocina del Pueblo de Quíos. Y sigue: “Esta cocina fue puesta para ayudar, en general. Es un lugar donde los refugiados se pueden sentir más humanos, porque en el campo de refugiados las circunstancias no son como para sentirse como un ser humano. La cocina no es solo una cocina. No solo damos comida, damos esperanza”.

***
En Quíos hay varias organizaciones trabajando junto a los refugiados Chios People’s Kitchen, Be Aware and Share, A Drop in The Ocean y Chios Eastern Shore Response Team. Para ofrecerse como voluntarios o realizar donaciones, se pueden poner en contacto directamente con ellas a través de Facebook.

2 Respuestas a “Quíos, la isla griega donde naufragan los sueños de los refugiados

  1. Me encantó tu relato. Ahora mismo estoy en Chios voluntariando con Drop in the Ocean y es todo tal cual como lo contás. Una triste y dura realidad. Pero hay esperanza entre los más jóvenes y es con eso que quiero seguir, con ese sentimiento de que pronto van a poder volver a empezar sus vidas en otros países. Un abrazo grande!!

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