Se me acabó la joda

Atardecer en Fonte da Telha, Portugal.

Atardecer en Fonte da Telha, Portugal.

Estoy en el avión de vuelta que me lleva a Esmirna. Hoy termino un viaje que empezó el 1 de julio en Bulgaria y terminó dos meses y dieciséis días después en Londres. Un viaje largo, pero que como todo viaje, parece corto.

Lo bueno es que no sólo turistié. De hecho, cada vez turistear me gusta menos. Se convierte en una rutina de visitar lugares casi que por compromiso. Y los lugares, lo que tienen, es que son lugares. Las personas siempre son mucho más interesantes.

En esos dos meses y medio me reencontré con el ser un completo analfabeto en los balcanes, descubrí las secuelas del post-comunismo, viajé con los inmigrantes que a la TV tanto le gusta, anduve en bici por Budapest con un mexicano que es lo más genial del mundo, me aburrí de enfiestarme en Serbia, salí en la TV en un programa para señoras, me cagué de calor con 40° en Belgrado, me reencontré con mi padre y mi hermano en Turquía, hice la plancha en la playa más linda que he visto en mi vida en Ölüdeniz, conocí España, conocí el orgullo colonialista, volví a tomar mate, me encontré con la prima de mi abuela que se mueve y habla igual que ella aunque jamás se vieron en su vida, ví a Miró y a la Sagrada Familia, a las playas de Barcelona y los catalanes caprichosos, fui a un partido del Barça, me reencontré con un amigo doce años después, me enamoré de Porto y su elegante dejadez, me enteré que en Portugal el tiempo es secundario, me reencontré con el océano Atlántico, visité dos vinerías, chupé vino y morfé todo el cerdo que no morfé en Turquía, intenté hablar portugués por un mes, aprendí a surfar, me revolcaron las olas como loco, trabajé bastante e hice la plancha bastante también, conocí mil alemanes que van a veranear a Portugal, fui traductor inglés-portugués portugués-inglés, tuve un vuelo con los mejores azafatos del mundo portugueses que cada vez que hablaban por los altoparlantes hacían chistes, me asusté cuando ví a los autos manejando por la izquierda en Londres, manejé por la izquierda en bici y hasta me acostumbré a ese tránsito espejado, dejé mi vida en billetes con cara de la reina, ví a la gente salir contenta de una feria de flores, comí kebap con un inglés, una boliviana y una alemana, me empalagué de comer dulces, de ver hipsers y hombres trajeados por la calle. Y también, extrañé un poco no tener un hogar.

Y todo eso, en dos meses y medio.

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